Henos aquí, amigos.
Revolucionados, pero concientes.
Somos los estandartes de lo malvisto;
somos los guaripolas de la inmoralidad;
los abanderados de la innatura y los negadores de Cristo.
Somos todo aquel concepto denostante
que la elité clásica nos halle,
y nos movemos bajo las piedras, escondidos,
cuidando de no ser atrapados por los crucifijos,
y eliminando las aureolas de las pinturas de artificio.
Es la sangre de Cristo la que emborracha a los pobres,
los hace perder la cabeza y las manos en señal del paternalismo;
hay que dejar clara la masculinidad de Cristo a la hora de amar
a la puta y santa María Magdalena que
ese hizo cagar.
Iconoclastas exógenos; sí,
con la honra en el cielo y las manos en el suelo;
con la voz de provervios y el sexo en la cama.
Y aunque se abriese el cielo y Dios se apareciera,
con su voz de rayo y su dedo erguido,
dándome una orden que salvara los días futuros y los tiempos idos,
yo le diría "en ti no confío,
a ti yo no sigo".
Y somos al mismo tiempo, mientras pateamos mercaderes de Cristo,
los que escupimos sobre las caras de los niños,
de los pendejos impositivos y temerosos,
acorralados por el marxismo de los antiguos vejestorios,
y envenenados por las ansias de estalinismo.
Si no vamos a permitir que Cristo me diga como follar,
crees que a ti te daré permiso de dictaminar,
so interpretación simplista de la realidad?
Ni a Estados, ni a Naciones, ni a Dioses, ni a cleros,
ni a santos, ni a leguleyos,
ni a leyendas religiosas, ni a estudiosos académicos.
A ninguno le doy ingreso a mi cama porque es mía
y la uso como quiero,
entendieron?
Soy esto.
Lo que ven.
Sin máscaras.
No complaciente.
Seguro de lo dicho.
Intentando sonreirte.
Completamente sincero.
Claro de planteamientos.
Cambiando el mundo.
Abrazando hermanos.
Mermando mandos.
Sin discriminar.
No me vengan a decir cómo usar mi cama, ni con quién.
No me vengan a decir lo obligatorio de rezar,
ni lo bueno que Dios me dio.
No me vengan a decir mis formas de celar.
Ni las de actuar.
Ni las de amar.
No me vengan a decir lo que viene después de esta tierra,
ese cielo hermoso,
smogueado.
No me vengan a decir... No!
Soy un demócrata acérrimo;
creo profundamente en la cosa pública.
Pero hay límites para el Estado,
para el privado,
y para Dios.
Aquí parte mi Revolución Progresista.
Nuestra!
Llegó la hora del
descrestamiento.-